1 Introducción
Durante un tiempo, a finales del siglo XX, el nombre de ‘País Vasco’ evocaba una imagen clara en la mente de la mayoría de los europeos: no el hermoso paisaje de Álava o las magníficas playas de Vizcaya, sino más bien una de hombres encapuchados y con boina, hablando de su último atentado o asesinato sangriento. Más que 800 personas fueron víctimas de la banda terrorista ETA a lo largo de su campaña (cf. Álvarez 2018), un grupo cuyo nombre era conocido incluso por personas que difícilmente habrían podido señalar a Vasconia en el mapa, y mucho menos habrían comprendido los objetivos del grupo nacionalista.
Aunque no era en modo alguno inevitable que las semillas del nacionalismo plantadas por un tal Sabino Arana Goiri dieran frutos tan sangrientos, la efervescencia y el divisionismo de sus palabras explican en gran medida la profundidad de los sentimientos de ellos que suscribían su ideología. Este trabajo examinará los acontecimientos claves de la historia vasca que condujeron al nacimiento de esta doctrina política radical en la región, y cómo la ideología de Arana apeló tanto a la historia como al lenguaje de la región vasca – y no solo la comunidad autónoma del País Vasco, sino también la provincia de Navarra y las regiones vascas al otro lado de la frontera, en Francia, un ámbito que llamó él Euskal Herria. Además, también analizaré cómo ha evolucionado el papel nacionalista del idioma vasco –el euskera–, que ha pasado de ser una herramienta en el arsenal de Arana a ser el factor definitorio del vasquismo a mediados del siglo XX, a ser ahora sólo uno de una serie de símbolos nacionales vascos.
Antes de concentrarse en el siglo XIX, es importante esbozar primero la historia sobre la que se asienta el nacionalismo. Con este fin, el capítulo 2 ofrecerá información sobre la región, la población y la lengua de Vasconia antes de destacar un aspecto clave para el sentido vasco de la excepcionalidad; a saber, los 800 años de los fueros. El capítulo 3 mostrará qué cambios políticos, socios y económicos se produjeron en Vasconia en el siglo XIX como resultado del colapso de este sistema foral. Por último, en el capítulo 4, ilustraré cómo Arana utilizó esta culminación de acontecimientos para crear una identidad totalmente nueva para la nación que él llamaba Euskadi, y de qué manera se ha continuado su ideología tras su muerte.
Este trabajo se completa con un capítulo 5, en el que echaré la vista atrás a los últimos 160 años de historia vasca y haré balance de lo acontecido, con una breve mirada hacia el futuro tras estos monumentales cambios ideológicos.
2 Los vascos y su patria
El territorio en el que viven los vascos ha cambiado de tamaño, forma y estructura política a lo largo de los siglos transcurridos desde su llegada – o, más exactamente, desde la llegada de los que les rodean; los vascos llevan en la región supuestamente desde la edad de piedra (cf. Juaristi 2013: 36). En la actualidad, la región administrativa está formada por las tres provincias de Vizcaya (№ 1 en la ilustración), Álava (2), y Guipúzcoa (3), aunque hay un número de nacionalistas que consideran Navarra (4) como una cuarta provincia. Esta ‘parte española’ se conoce como Hegoalde y es la contrapartida de Iparralde, la parte que se encuentra al otro lado de la frontera hispanofrancesa. Este parte vascofrancés está constituido por las tres provincias de Labort (5), Baja Navarra (6) y Sola (7).
Con tantas ideas sobre en qué consiste exactamente la patria vasca, han surgido desde el siglo XIX diversos términos para ponerle nombre, lo que dificulta la tarea de los observadores imparciales.
2.1 ¿País Vasco, Vasconia, Euskadi o Euskal Herria?
El nombre País Vasco surgió a principios del siglo XIX, popularizado por las visitas de Napoleón Bonaparte a la playa de Biarritz. Era una traducción directa del nombre francés Payes Basque que originalmente se refería a la región de los Pirineos atlánticos, pero la traducción al español pasó a referirse a una zona mucho más amplia (vgl. Juaristi 2013: 10). El nombre pervive hoy como denominación de la comunidad autónoma del País Vasco, formada por las tres provincias mencionadas de Vizcaya, Álava y Guipúzcoa.
El término Vasconia, aunque menos utilizado, se considera más neutro debido a su uso tanto por parte de los nacionalistas vascos como por los españoles para referirse a la misma zona: las comunidades españolas del Hegoalde, así como las tres provincias vascofrancesas del Iparralde (cf. Juaristi 2013: 11).
Euskadi es un neologismo creado por el nacionalista Sabino Arana Goiri 1 a partir de la supuesta raíz de la palabra euskera, es decir, la lengua vasca (cf. Juaristi 2013: 10). El nombre define a las provincias vascongadas, excluida Navarra, y ha sido utilizado tradicionalmente sobre todo por los nacionalistas vascas, comunistas y grupos antifranquismos. Por esta razón, ya no se utiliza mucho en la literatura académica (cf. Juaristi 2013: 11).
Sin embargo, de particular importancia para la identidad nacional vasca es el término Euskal Herria. Traducido libremente como ‘pueblo de los vascoparlantes’, se denomina así a la zona en la que se habla la lengua vasca. No se trata, entonces, de una zona político-administrativa, sino de un ámbito étnico y, sobre todo, lingüístico, cuyas fronteras siguen siendo objeto de intensos debates en la actualidad (cf. Kasper 1997: 1). Este nombre también fue acuñado por Sabino Arana Goiri en un esfuerzo por vincular intrínsecamente el pueblo vasco con la lengua vasca (que se estudiará más a fondo en el capítulo 4.2.).
Por estas razones, a lo largo de este trabajo se utilizará el nombre de Vasconia para referirse a la región representada en la ilustración 1. En caso donde sea necesario, se utilizará una terminología más precisa con explicación.
2.2 Euskera – el idioma vascongado
La lengua vasca debe considerarse una de las más exóticas de Europa, aunque si sólo sea por el hecho de que no encaja en la familia de lenguas indoeuropeas. Es la única lengua prerromana que se conserva en la peninsular Ibérica (cf. García Mouton 2007: 53) y es la última lengua pre-indoeuropea superviviente. Así, el euskera es también la lengua más antigua de Europa Occidental. Sin embargo, aún no ha sido posible establecer una relación entre el vasco y otra lengua, y mucho menos determinar su origen (cf. Kasper 1997: 6–7).
Eso no quiere decir que no haya habido intentos –pues ha habido muchos– empezando en el siglo XVI con Esteban de Garibay. Este historiadora y escritor que en un momento estuvo a punto de convertirse en monje, remontó los orígenes del euskera a la torre de Babel (cf. Kurlansky 2001: 24). Desde entonces, las teorías posteriores han variado desde las superficialmente plausibles (por ejemplo, las que relacionan el euskera con los idiomas ibéricos o célticos) hasta las altamente imaginativas (como la que postula que el euskera se hablaría en el jardín del Edén, demostrada por el ‘hecho’ de que el nombre Eva proviene de las palabras vascas ez-bai – ‘sí’ y ‘no’ respectivamente) (cf. Kurlansky 2001: 24–25).
Sus tipologías exóticas (desde una perspectiva indoeuropea) hacen que resulte tentador situar el euskera en familias lingüísticas más alejadas; por ejemplo, el uso de la sistema ergativo-absolutivo, algo poco frecuente en la realidad, condujo a la creación en el siglo XIX de una hipotética familia lingüística vasco-caucásica. Sin embargo, esta teoría, como tantas otras, se ha abandonado desde entonces (cf. Kasper 1997: 8–9).
Puede que Kurlansky tuviera razón al afirmar que “the vagaries of fact and fiction were encouraged by the fact that the Basques were so late to document their language” (Kurlansky 2001: 24). El primer libro en euskera –Linguæ Vasconum Primitiæ, escrito por Bernat Dechepare con el objetivo de promover el euskera como lengua escrita2– no se publicó hasta 1545 (Dechepare & Altuna 1995: 126). A pesar de este noble objetivo, la producción literaria en esta lengua siguió siendo escasa.
Las razones de esta supervivencia son múltiples, entre ellas el hecho de que los territorios vascos se encuentran en una zona geográficamente aislada de España, lo que significa que se romanizaron sólo parcialmente. Además, las zonas en las que sí estaban presentes los romanos carecían de centro urbano, lo que dificultaba aún más la difusión de la lengua latina. Este hecho también frenó la difusión de la religión cristiana y de sus textos y rituales latinos: el Vasconia no se cristianizó totalmente hasta el siglo XVI. Por supuesto, una de las principales razones por las que el euskera no fue asimilado por las lenguas vecinas es la misma que causa dificultades para aumentar el número de hablantes en la actualidad; a saber, la gran diferencia tipológica entre esta lengua no indoeuropea y todas las demás lenguas que se habían asentado en las proximidades (cf. Kasper 1997: 9f).
En la actualidad, el número de vascohablantes se ha reducido drásticamente, y en torno al 28,4% de la población vasca se considera euskaldún (que domina el euskara), con unos 16,4% de bilingües receptivos (cf. Euskararen Erakunde Publikoa 2016: 3). La mayor concentración de hablantes se encuentra en la provincia de Guipúzcoa, donde alrededor de la mitad de la población se autodenomina euskaldunes, mientras que, en la comunidad autónoma de Navarra, sólo el 12% de los habitantes presumen de dominar el idioma (cf. Euskararen Erakunde Publikoa 2016: 4).
Sin embargo, después del embate de siglos de contacto lingüístico y décadas de grave represión bajo el régimen franquista, el euskera sigue hablándose y sigue siendo un potente símbolo de la identidad vasca, pero un aspecto más separaba a los vascos de sus vecinos: sus prerrogativas jurídicas.
2.3 El sistema foral y los privilegios vascos
Los fueros eran un conjunto de leyes locales y privilegios que se concedían por los reyes a villas y pueblos en la península ibérica. El primer fuero vascongado se concedió a Jaca en 1076, y ese mismo sirvió de modelo para todos los demás durante los 250 años siguientes, ya que prácticamente cada pueblo recién fundado recibió un fuero nuevo (cf. Juaristi 2013: 99f). En el principio, se trataba de costumbres y tradiciones locales que se convirtieron en ley mediante la aprobación real. A medida que los territorios pasaron a estar bajo el poder de las coronas castellana y francesa, constituyeron estos fueros la base de los privilegios especiales vascos que garantizaban expresamente un alto grado de autonomía dentro de sus compromisos con la corona. (cf. Kasper 1997: 51).
Para administrar los fueros, se constituyeron parlamentos locales que recibieron diversos nombres según las provincias: juntas en Guipúzcoa, Vizcaya y Álava, cours en Baja Navarra, biltzares en Labort y silbiets en Sola. En teoría, todos los vascos eran iguales entre sí; sin embargo, los requisitos para ser miembro de una de estas juntas hicieron que acabara desarrollándose una clase alta. No sólo era requisito poseer propiedades, sino también saber hablar español, lo que significaba que sólo unos pocos privilegiados podían engrosar las filas de los llamados jauntxos3 (cf. Kasper 1997: 54).
Por lo tanto, es interesante observar que, a pesar de que los fueros desempeñan un papel importante en la representación de la historia vasca –y, como se verá, son unos de los principales argumentos usados en apoyo del nacionalismo vasco– contribuyeron indirectamente a la desvalorización del euskera al elevar el castellano a una categoría de lengua de prestigio. Sin embargo, sí intentaron que la enseñanza se impartiera en euskera para evitar una influjo de profesores ajenos a la lengua y costumbres vascas (cf. Heiberg 1989: 247).
Aunque los fueros se aplicaban sobre todo a nivel local, existían varios acuerdos de extralimitación con la corona que eran válidos para todo Vasconia. Los dos más importantes deben ser que los vascos estaban exentos del servicio militar obligatorio y que no estaba obligados de pagar impuestos reales, sólo pagando un llamado donativo, en cantidad determinada por los fueros. (cf. Kasper 1997: 57–58). La exención militar significaba que los vascos no podían ser llamados a formar parte de los ejércitos permanentes español o francés, sino sólo a formar pequeñas milicias locales para resistir a las posibles incursiones francesas. Esto permitía a Vasconia funcionar como una zona tampón entre Francia y el resto de España, lo que significaba que la estabilidad de la región redundaba en beneficio de Madrid. (cf. Heiberg 1989: 21).
El hecho de que la Corona española no tenía derecho a imponer tributos o gravámenes a los vascos significaba que los fueros eran libres de establecer una zona franca dentro de sus fronteras, lo que permitía un comercio libre de impuestos y aranceles entre las provincias vascongadas (cf. Heiberg 1989: 23). En la época anterior a la industrialización a gran escala, esto supuso una gran ventaja para la débil economía regional.
Sobre todo, lo que diferencia a los fueros vascos de otros parlamentos y ordenanzas locales en otras partes de la península ibérica es que los vascos siguieron existiendo y determinando asuntos jurídicos en Vasconia durante siglos. Deben su longevidad a factores muy similares a los que aseguraron la supervivencia del euskera: la lejanía de las sedes del poder en el centro del país y la feudalización incompleta de la región. La flexibilidad de los fueros –en su mayoría no escritos– también significaba que podían estar abiertos a la interpretación y la negociación, lo que también proporcionaba una capa de protección (cf. Kasper 1997: 52). Sin embargo, su existencia era a menudo precaria, y la sistema no iba a durar.
3 Vasconia en el siglo XIX
El siglo XIX trajo consigo una época tumultuosa para España. Apenas transcurridos 8 años de la primera década, Napoleón Bonaparte había forzado la abdicación del rey Fernando VII, desencadenando la Guerra de la Independencia española (conocido como la francesada en el Vasconia), que duró cinco años (cf. Kasper 1997: 89). Justo cuando el gobierno liberal en el exilio introdujo su nueva constitución, la guerra terminó con una victoria española y Fernando VII fue restaurado en el trono. La constitución de 1812, que habría suprimido los fueros, fue derogada, y a cambio de ciertas concesiones –por ejemplo, que los donativos se convirtieran en un impuesto ordinario– la corona apoyó la continuación del sistema foral (cf. Juaristi 2013: 130). Por supuesto, esta protección real sólo podía durar mientras el rey estuviera vivo para hacerla cumplir.
3.1 La abolición de los gueros y la pérdida de independencia regional
La muerte de Fernando VII en 1833 sumió el país de nuevo en caos. La única heredera del rey fue su hija Isabel, que sólo pudo heredar el trono gracias a un apresurado decreto que permitía la ascendencia femenina. Los absolutistas, sin embargo, insistieron en que el hermano del rey, Carlos María Isidro (conocido en España como don Carlos), tenía más derecho al trono, y la siguiente guerra civil estalló de inmediato (cf. Kasper 1997: 100–101).
La cuestión de la sucesión fue simplemente el detonante de mayores luchas sociales, y rápidamente se convirtió en una guerra civil vasco entre los liberales y los tradicionalistas. Los liberales encontraron apoyo entre la población urbana hispanizada: la nobleza y los grandes terratenientes que se habían beneficiado de las políticas económicas liberales. Los tradicionalistas, por su parte, contaban con el apoyo de gran parte del clero y de los pequeños y medianos agricultores vascohablantes en el campo (cf. Heiberg 1989: 35).
Al darse cuenta de que la mayor parte de su apoyo procedía de los vascos, los carlistas no tardaron en respaldar la continuación de los fueros, contribuyendo al mismo tiempo a crear una nueva conciencia regional (cf. Kasper 1997: 101). Don Carlos pronto acampó en Vasconia, pero a pesar de los éxitos iniciales, los carlistas nunca fueron capaces de capturar ninguna ciudad vasca importante, y su principal objetivo de tomar Madrid nunca se realizó. Para 1840, la guerra había terminado con una derrota carlista (cf. Kasper 1997: 105).
Esta debacle no supuso el fin inmediato de la sistema foral, pero aunque se establecieron garantías para asegurar su existencia, su poder se fue erosionando poco a poco con el tiempo. Se introdujo el servicio militar obligatorio para los vascos, se trazaron nuevas fronteras aduaneras y los poderes ejecutivos de las juntas se transfirieron al parlamento de Madrid. Tras la próxima derrota de los carlistas en la Tercera Guerra Carlista de 1876, los fueros fueron completamente abolidos en Hegoalde4, salvo algunas exenciones fiscales, conocido como los conciertos económicos (cf. Heiberg 1989: 38).
Una vez más, se redactó una nueva constitución –La Constitución Española de 1876–, pero a diferencia de los futuros decretos de Madrid, esta no menciona el euskera (ni ninguna otra lengua, de hecho); los habitantes en todos partes de España eran libres de comunicarse en la lengua que consideraran oportuno.
3.2 La revolución industrial y el cambio demográfico
Con la abolición de los fueros y la liberalización de impuestos y peajes, la industrialización se dispara en Hegoalde, empezando por la minería. A finales de siglo, alrededor del 21,5% del suministro mundial de mineral de hierro se extraía en España (cf. Heiberg 1989: 39). Los barcos que traían hierro a Gran Bretaña regresaban con carbón de alta calidad, que se utilizaba en las fábricas vascongadas – fábricas que se multiplicaban rápidamente. Hubo que construir nuevos puertos para dar cabida al creciente número de buques, y en muy poco tiempo, Vasconia ganó fama mundial por su industria de construcción naval – un hecho que ayudó a mantener la economía a flote hacia finales de siglo, a medida que los yacimientos de hierro de la región empezaron a agotarse. (cf. Kasper 1997: 119).
Los conciertos económicos resultaron ser muy beneficiosos para Vasconia, que recibía grandes subvenciones y protecciones del gobierno: para proteger la industria nativa de la competencia extranjera, Madrid aprobó medidas que elevaban los aranceles de importación hasta tal punto que las empresas extranjeras ya no podían competir y la economía vasca floreció. Sin embargo, cabe señalar que la región sólo podía considerarse moderno en relación con el resto de España y no estaba a la altura de la eficacia de la industria europea. Por esta razón, los aranceles eran esencialísimas. Cuando se añade el hecho de que la región vascongada pagaba muchos menos impuestos que el resto del país, no es de extrañar que a finales de siglo, el 30% del capital de inversión de España pertenecía a los vascos (cf. Heiberg 1989: 40).
La industrialización no creció de manera uniforme en toda Vasconia, y pronto la región se fragmentó. El proceso de modernización fue más lento, por ejemplo, en Guipúzcoa que en Vizcaya: allí, la atención se centró principalmente en empresas más pequeñas, como la industria textil. Además, la industrialización en Gipuzkoa no se concentró tanto en un centro industrial, sino con plantas industriales repartidas por toda la región (cf. Kasper 1997: 123). En cambio, Iparralde, Navarra y Álava siguieron siendo regiones principalmente agrícolas hasta mediados del siglo XX. En poco tiempo, estas regiones sufrieron presión por los altos precios de los cereales y por competencia con otras regiones españolas, creando las condiciones perfectas para provocar un éxodo rural (cf. Kasper 1997: 124).
Aunque la acelerada modernización fue beneficioso para la economía, una industrialización tan rápida necesitaba una gran cantidad de trabajadores – una cantidad muy superior a la que podían proporcionar el Vasconia en su conjunto. Por eso, empezaron a llegar trabajadores de toda España, y mientras la población de las provincias más rurales se estancaba, las regiones industriales costeras experimentaban un auge masivo; entre los años 1877 y 1900, las poblaciones de Guipúzcoa y Vizcaya aumentaron un 17% y un 64% respectivamente (cf. Kasper 1997: 125). Esta rápida afluencia de trabajadores creó dos nuevas clases sociales: una élite industrial vasca y un proletariado urbano mayormente no vasco (cf. Heiberg 1989: 41).
4 El nacimiento del Euskadi
La afluencia de emigrantes provocó una serie de problemas sociales en Vasconia. La inflación hacía difícil conseguir alimentos; la delincuencia proliferaba, y la tasa de mortalidad en la ciudad de Bilbao era terriblemente alta, incluso para los estándares del siglo XIX. En 1894, la tasa de mortalidad en este ciudad se convirtió en la más alta de toda Europa (cf. Heiberg 1989: 43).
Una erosión de la cultura vasca menos visible pero no menos perniciosa, causada por los recién llegados, fue el declive del euskera en los centros urbanos. No existen cifras fiables sobre la mayor parte de la historia del euskera, pero se calcula que el número de hablantes a mediados del siglo XIX se situaba entre el 55% y el 84% de la población de Vasconia. Prácticamente extinguido en Álava y el sur de Navarra, lo hablaba sobre todo el llamado baserritarak (campesinado) de Vizcaya, Guipúzcoa y el norte extremo de Navarra (cf. Heiberg 1989: 46). Como escribe la antropóloga Marianne Heiberg:
Euskera was stigmatized as the language of the stables, the language of unsophisticated rustics in contrast to Spanish, the language of refinement, culture, education and urban success. And the stigma on Euskera deepened as the cities gained in prestige. (Heiberg 1989: 47)
Tras la dolorosa pérdida de los fueros, el rápido aumento de la inmigración y la pérdida de prestigio de las costumbres vascas y su lengua, parece inevitable que se formara un contra movimiento en Vasconia.
El murmullo del nacionalismo vasco comenzó a finales del siglo XIX. Uno de los primeros estallidos se debió a la interpretación de la canción nacionalista Gernikako Arbola (‘el Árbol de Guernica’) durante una visita real, un acto que provocó disturbios y costó la vida de tres personas (cf. Kasper 1997: 127). Sin embargo, la idea de una raza vasca, y con ello la idea del nacionalismo vasco, no se concebiría plenamente hasta que una revelación casi divina en 1882.
4.1 Sabino Arana Goiri – Padre del nacionalismo vasco
Sabino Policarpo Arana Goiri, también conocido por su seudónimo vasco escrito con su ortografía ‘reformada’ Arana ta Goiri’t́aŕ Sabin,5 nació en una familia jauntxa en 1865 en Abando a las afueras de Bilbao. Su familia había hecho su fortuna en la industria naval, pero como carlista ardiente, la derrota le causó dificultades económicas a su padre después de la guerra. No obstante, Sabino y su hermano Luis disfrutaron de una educación privilegiada en el colegio de los jesuitas, ya que la suya era una familia extremadamente religiosa (cf. Juaristi 2013: 148).
4.2 La revelación nacionalista
Arana pretendía que su nacionalismo le llegó en una revelación casi religiosa una Pascua de 1882. Mientras discutían con él los pros y los contras del carlismo, su hermano Luis opinó que don Carlos no tenía nada que ofrecer a los vascos, ya que Vizcaya no es España – una afirmación que despertó la imaginación de Arana (cf. Kurlansky 2001: 162). Más tarde, describió el efeto que esta discusión tenía en el en su polémico Discurso de Larrazábal:
Mas al cabo de un año de transición, disparáronse en mi inteligencia todas las sombras con la que oscurecía el desconocimiento de mi Patria, y levantando el corazón hacia Dios, de Vizcaya eterno Señor, ofrecí todo cuanto soy tengo en apoyo de la restauración patria... Y el lema Jaungoikua eta Lagizarra [‘Dios y la ley vieja’] se grabó en mi corazón para nunca más borrarse. (Arana Goiri 1965: 158)
En la realdad, Arana se había inspirado en gran medida en el catalanismo tras estudiar derecho en Barcelona, aunque sus ideas para Vasconia tenían poco en común con esta ideología. Mientras que el catalanismo se preocupaba por modernizar la región y mejorar sus intereses económicos, Arana achacaba todos los males de Vizcaya al capitalismo y decidía que los culpables de imponerlo a los vizcaínos, y por extensión, a los vascos,6 eran los maketos – un nombre que inventó para denominar a los españoles, o mejor dicho, los que no eran vascos (cf. Heiberg 1989: 49–50).
Sin embargo, antes de empezar a desarrollar sus ideas, Arana tuvo que aprender euskera. Dado el estatus social de su familia, el idioma no se hablaba en casa, y aunque nunca llegó a dominarlo, era muy consciente del poder político del idioma (cf. Heiberg 1989: 50). A la muerte de su hermano y de su padre en 1882, Arana decidió dedicarse a estudiar no sólo la lengua sino también la historia de los vascos y los fueros. El resultado, entre una reforma ortográfica propuesta (y rechazada) y una gramática vasca publicada en 1888, fue la publicación de su primer libro político en 1892: Bizkaya por su independencia.
En unas modestas 47 páginas, Arana explicó sus ideas, utilizando los ejemplos de cuatro batallas históricas (diversamente descritas como “of dubious historical authenticity” (Heiberg 1989: 50) hasta “totalmente fabulosa” (Juaristi 2013: 148)) para mostrar que Vizcaya siempre había luchado contra la injerencia española para preservar su libertad y soberanía y que siempre había salido victoriosa. La diferencia entre entonces y ahora, afirmaba, era que los vizcaínos de aquella época eran distintos a los de la época de Arana:
No eran pueblos afeminados y envilecidos por el lujo, la molicie y la corrupción toda aneja a las naciones encumbradas ilícitamente, ni gentes tan estúpidas e indolentes que prefiriesen la esclavitud rica a la libertad pobre, no: eran hombres de una raza vigorosa, que amaba la independencia más que la vida, que había de vender su libertad por su sangre y muy cara cada gota de ésta que hubiese que derramar […] (Arana Goiri 1892: 5, cursivas mías)
Un año más tarde, concretó sus ideas sobre la ‘raza vasca’ en su artículo ¿Qué somos?, publicado en su revista Bizkaitaŕa,7 en la que explicó que los vascos sean distintos de los españoles por cinco razones: la gente por su lengua, carácter y costumbres, y Vasconia por su gobierno y leyes, y su personalidad histórica. La quinta razón era el eje que mantenía unidos a estos dos grupos, el símbolo supremo de Arana: la raza. (cf. Arana Goiri 1893: 606).
La raza, escribió Arana, se explica por sí sola, con sólo echar un vistazo a la historia de la región. Mientras los vascos prosperaban y se mantenían aislados, la raza española había sido conquistada y su sangre se mezclaba con muchas culturas y razas: “Esta raza [vasca] originalísima no es celta, ni fenicia, ni griega, ni latina, ni germana, ni árabe […]” (Arana Goiri 1893: 607).
También era evidente, según Arana, la singularidad de la lengua vasca, que empleaba como metáfora de la ‘raza’ que la habla. De hecho, definió en este articulo a los vascos como “la raza que habla la lengua llamada Euskera” (Arana Goiri 1893: 607). Introdujo esta idea explicando que todas las lenguas habladas en la península ibérica (o sea, el castellano, el catalán, el gallego, el asturiano y el portugués) no sólo están relacionadas entre sí, sino también –demostradamente– con otras lenguas europeas, que descienden del latín, que a su vez desciende del sánscrito. El euskera, en cambio, es único y puro – al igual que sus hablantes:
A todas las lenguas que se hablan en las cinco partes del mundo les van hallando los filólogos relaciones más o menos próximas de parentesco entre sí. Sólo el Euskera permanece aislado en medio de todos los idiomas; como la raza que lo habla, entre todas las razas. (Arana Goiri 1893: 608)
Como muchos antes y después de él, Arana hace también grandes afirmaciones sobre el euskera, escribiendo que el idioma “existía […] tan desarrollado como al presente” (Arana Goiri 1893: 606) antes incluso de que se concibiera el latín, y, de forma un tanto extraña, que se encuentran vestigios del euskera en todas las lenguas, demostrando así una “íntima parentesco con la madre o las madres de las lenguas conocidas” (cf. Arana Goiri 1893: 606).
No entraré aquí en detalles sobre los otros tres aspectos de la singularidad vasca descritos por Arana, salvo para hacer un breve resumen. Para poner de relieve la peculiaridad gubernamental de los vascos, Arana señala el sistema foral, afirmando que es algo exclusivo de los vascos (cf. Arana Goiri 1893: 625). La fisiognomía y la ética de trabajo superiores del vasco medio en comparación con el español medio demuestran, según Arana, que el carácter vasco es fundamentalmente diferente del español (cf. Arana Goiri 1893: 626), y su argumento sobre la historia vasca reitera las batallas ‘históricas’ de Bizkaya por su independencia para recordar al lector que Vasconia nunca había sido invadida con éxito (cf. Arana Goiri 1893: 637).
Aunque la historia y el sistema foral convencieron a Arana de la singularidad de los vascos como pueblo, fue la pureza de raza y lengua lo que ocupó un lugar más destacado en su ideario. En su afán por resaltar la pureza del euskera, Arana comenzó personalmente a erradicar los préstamos lingüísticos que se habían colado en el léxico, sustituyéndolos por una serie de neologismos basados en sus investigaciones. El mayor campo semántico resultó ser la política, que incluye palabras fundamentales como Euzkadi, Euskal Herria y euzkaldun (‘vascohablante’, literalmente ‘poseedor del euskera’) (cf. Pagola & Sarasola 2005: xxviii). Sin embargo, tal vez debido al escaso número de vascoparlantes de la época, Arana llegó a considerar la ‘sangre limpia’ como el factor más importante por el pueblo vasco que su idioma.
Este fue el principio rector cuando en 1894 Arana fundó la Eskaldun Batzokija (‘Sociedad Vasca’), un club político para todo lo relacionado con el nacionalismo vasco. De esta sociedad surgió el Euzko Alderdi Jeltzalea (‘Partido Nacional Vasco’, en adelante EAJ-PNV) un año más tarde, y al principio, la afiliación era extremadamente restrictiva. Había tres rangos de miembros –originarios, adoptados y adictos– y el rango más alto (o sea, el de los originarios) sólo podía alcanzar “el soltero o viudo sin familia cuyos cuatro primeros apellidos sean euskéricos” (García Domínguez 2005). Era sólo esto rango cuyos miembros podían ser elegidos para cargos oficiales y tenían pleno derecho a voto (cf. Heiberg 1989: 62), pero después de que Arana llevara al partido a una victoria electoral en 1898, quedó claro que habría que reformarlo. La prematura muerte de Arana en 1903 provocó una sacudida en el seno del partido, tras la cual los moderados salieron victoriosos e iniciaron grandes cambios internos (cf. Heiberg 1989: 66).
4.3 El cambio de enfoque del nacionalismo vasco del siglo XX
Después de su muerte, la insistencia de Arana en la importancia de la raza por encima de la de la lengua empezó a perder favor. Durante las negociaciones con la II República en 1936, se presionó al EAJ-PNV para que se distanciara de las teorías raciales como condición para conseguir su independencia, y tras la Segunda Guerra Mundial, la eugenesia y la teoría de las razas habían caído en descrédito (Heiberg 1989: 86).
Desde su fundación en 1953, el grupo estudiantil Ekin (‘acción’) –y, más tarde, la organización terrorista Euskadi Ta Askatasuna (‘País Vasco y libertad’, en adelante ETA) en que acabó convirtiéndose– situó la lengua en el punto medio del concepto cultural vasca, en marcado contraste con la ideología precedente. En su artículo titulado Errores catalanistas, Arana explicó su convicción de que la lengua sólo servía para separar a los vascos de los españoles, y nada más:
[L]a diferencia del lenguaje es el gran medio de preservarnos del contagio de los españoles y evitar el cruzamiento de las dos razas. Si nuestros invasores aprendieran el Euskera, tendríamos que abandonar éste […] y dedicarnos a hablar el ruso, el noruego o cualquier otro idioma desconocido para ellos […] (Arana Goiri 1894: 402)
Por otra parte, ETA adoptó una postura radicalmente opuesta a muchas de las ideas de Arana. Adoptaron el euskera en todos los ámbitos de su actividad y dejó claro que, en su opinión, Euskadi no podía existir sin su lengua. Escribiendo en su revista Zutik (‘de pie’), opinaron que:
el día en que el euskera haya dejado de ser lengua hablada, el pueblo vasco habrá muerto; y en pocos años, los sucesores de los actuales vascos serán simplemente españoles o franceses. (Jáuregui Bereciartu 1981: 160)
Entonces, para garantizar la supervivencia del pueblo, ETA (y con el tiempo el EAJ-PVN también) vio la necesidad de preservar, cuidar y cultivar la lengua (Urla 2012: 69). Habida cuenta de la situación lingüística de la época, la tarea debió de parecer titánica.
A diferencia de lo que ocurrió tras la derrota vasca en la Tercera Guerra Carlista (tras la cual no se impusieron restricciones al uso del euskera), las medidas represivas que siguieron a la derrota vasca en la Guerra Civil Española de 1939 fueron rápidas y severas. La resistencia a Franco fue especialmente intensa en el País Vasco, por lo que el dictador decidió dar un escarmiento excepcional a los vascos tras su victoria en la batalla de Bilbao en 1937: en lugar de rebeldes individuales, Franco declaró traidoras a las provincias enteras de Vizcaya y Guipúzcoa. Se revocó la autonomía que se había concedido de la segunda república sólo 3 años antes y se cerraron las ikastolak8; la enseñanza en lenguas distintas del castellano estaba prohibido por la ley (cf. Urla 2012: 70). En 1952, sólo 13 años más tarde, el líder del gobierno vasco en el exilio escribió que “la prohibición del uso de la lengua y la cultura vascas se extiende desde la cuna hasta la tumba” (Beltza 1977, según Urla 2012: 71), una frase que en realidad se entendía literalmente: el euskera no estaba permitido ni en los certificados de nacimiento ni en las lápidas. En esta época era necesario pedir permiso a la policía antes de publicar en euskera o incluso antes de hablar euskera en reuniones familiares (cf. Urla 2012: 72).
Con el uso de la lengua no sólo prohibido, sino también activamente desalentado, el número de hablantes empezó a caer precipitadamente y pronto pareció que las ideas de Arana sobre la lengua se reivindicaban: Las identidades española y vasca tenían cada vez menos en común con el paso del tiempo.
Sin embargo, esta represión tuvo un efecto secundario lógico: si el uso del euskera estaba prohibido por el Estado, entonces hablar euskera era un símbolo de resistencia contra el régimen. Tras el rebautizamiento del grupo Ekin a ETA en 1959, sus miembros comenzaron con la proliferación de literatura nacionalista en euskera y a organizar cursillos sobre la lengua y su historia (cf. Urla 2012: 75).
Fue entonces cuando llegó a la escena nacionalista vasca otro escritor radical. Federico Krutwig, bilbaíno de ascendencia alemana, publicó sus ideas en 1963 en un libro titulada La nueva Vasconia: Estudio dialecto de una nacionalidad (cf. Urla 2012: 76). En este libro, que puede considerarse un texto formativo para ETA y su ideología, Krutwig –bajo el seudónimo Fernando Sarrailh de Ihartza– arremete contra la afirmación de Arana de que la raza es más importante que la lengua, escribiendo que “no hay duda de que […] es un error anticientífico de cabo a rabo” (Sarrailh de Ihartza 1979: 26).
En cambio, Krutwig sostenía apasionadamente que lo vasco era cultural, no racial, y que podía y debía expresarse a través del lenguaje. Denunció a los vascos que seguían creyendo que el español era la mejor lengua para el habla y la escritura formales, y reservó sus críticas más duras para quienes no transmitían la lengua a sus hijos:
“El idioma crea el alma del individuo y el alma de los pueblos. El estado psíquico nace del cerebral. Por ello que es tan tremendo el crimen contra la patria que cometen los padres que no enseñan el idioma nacional a sus hijos. Este crimen no tiene palabras con que clasificarse, si es cometido por un individuo que además se dice nacionalista.” (Sarrailh de Ihartza 1979: 30)
Sus ideas encontraron rápidamente eco y, junto con el famoso escritor vasco Txillardegi,9 se desarrolló una nueva ideología nacionalista basada en la lengua. ETA centró sus esfuerzos en revitalizar el euskera, apoyando la creación de un dialecto ‘estándar’ –euskera batúa10– y la revitalización del euskera se convirtió en la nueva forma de construcción de nación, una forma en que podían participar vascos étnicos y no étnicos, hablantes nativos y no nativos.
5 Conclusiones
Si ETA hubiera mantenido esta ideología de crear una identidad vasca más fuerte mediante su lengua, la historia de la región habría sido sin duda radicalmente diferente. Aunque su primer intento de acto violento –el descarrilamiento de un tren lleno de soldados y veteranos en 1961– fracasó (cf. Kasper 1997: 175), los ataques subsiguientes se cobraron la vida de unas 864 personas e hirieron a otros 7.000 más, antes de que se declarara un cese definitivo el 20 de octubre de 2011 (Álvarez 2018). Si bien no lograron su objetivo de una Vasconia independiente, puede decirse que ETA ha dado grandes pasos hacia sus objetivos anteriores: el euskera ha recuperado su prestigio, aunque el número de hablantes sigue siendo bajo (cf. Kasper 1997: 208).
Como se ha demostrado, a lo largo de los siglos, Vasconia ha tenido que soportar que se le arrebataran progresivamente sus derechos y su autonomía. Con la llegada en el siglo XIX de nuevos trabajadores de fuera de la región, el descenso del nivel de vida y el aumento de los gastos diarios, se crearon las condiciones perfectas para que se sembrara la semilla del nacionalismo, en cualquiera de sus formas.
130 años después de la introducción de la teoría racial de Sabino Arana y 60 años después de la publicación de los pensamientos de Krutwig sobre la lengua y la cultura, puede ser que ahora esté surgiendo una tercera teoría nacionalista. Durante un estudio de campo, Heiberg asistió a un concierto folclórico en el que el escenario estaba decorado con una gran pancarta en la que se leía las palabras: ‘Nor da euskaldun?’ (‘¿quién es vasco?’). Arana seguramente habría respondido con ‘¡el que tiene pura sangre vasca!’ mientras que Krutwig probablemente optaría por ‘¡el que domina el euskera!’, pero aquí, la pregunta fue contestada en la misma pancarta con la afirmación: ‘Euskera eta zazpi probintzi batean maite dituna!’ (‘¡El que ama el euskera y las siete provincias en una11!’) (cf. Heiberg 1989: 120) Con un número cada vez menor de vascohablantes y de vascos ‘puros’ (según la definición de Arana), esta evolución también podría considerarse pragmática, o al menos sagaz.
Hoy en día, entonces, la concepción vasca del nacionalismo parece estar muy alejada de sus raíces del siglo XIX: lo vasco en el siglo XXI ya no se mide con términos objetivos como la raza o la lengua, sino con criterios más objetivos: el amor a la tierra, a la patria y al compatriota, y el afán por cultivarlos a los tres.